Los grupos paramilitares en Antioquia han sufrido una metamorfosis en los últimos años, en la que aparece más nítida su vocación de poder. Ahora buscan un copamiento de la vida ciudadana, que intenta extenderse al resto del país. Crónicas de Medellín (I)

Hace algunos meses causó curiosidad, por decir lo menos, la publicación de una crónica por internet en la que un periodista mostraba que en las tiendas de los barrios de Medellín la distribución de huevos ha pasado a manos de los combos paramilitares. La denuncia, al menos en la capital antioqueña, no mereció mayor preocupación por parte de las autoridades locales y el fenómeno se ha extendido. Ahora hasta la arepa paisa intenta ser controlada en su distribución por estos grupos.

Hay una paulatina transformación en los objetivos y el modus operandi de los grupos paramilitares en Antioquia. En lo que a Medellín compete, su accionar insinúa que no son grupos inconexos, anárquicos, descoordinados. Por el contrario, su actuación presupone la existencia de una dirección superior, de una sujeción jerárquica, y de una distribución territorial, en dependencia de la especialización criminal de cada combo.

La presencia paramilitar es más fuerte en los barrios. Pero ya no se trata del combo delincuencial tradicional, antiguo. Hoy cumple otras funciones. Desde luego, la principal de ellas es controlar el comercio formal e informal en cada barrio. Los paramilitares tienen un censo completo de cada tienda, de las panaderías, las peluquerías, las zapaterías, las odontologías, de cada negocio que abra sus puertas al comercio.

Y cada uno de ellos es visitado por los emisarios del grupo paramilitar que no van a exigirle la vacuna, como antes. Ahora le proponen surtir el negocio con productos provenientes de una cadena de distribución paramilitar. Entonces puede suceder, como insinuaba la crónica mencionada al comienzo de esta nota, que al tendero le digan: usted va a vender los huevos que nosotros le entregamos y nosotros fijamos el precio. Y así con la harina, el aceite, la panela, y una larga lista de productos.

Mejor organizados

Lo irónico es que hasta la tradicional arepa paisa intenta ser controlada en su distribución por los grupos ilegales. Y si no lo han logrado completamente, es porque el consumo de arepas es de una dimensión colosal, producto de una cultura ancestral, y escapa a la intención de estos grupos irregulares.

Hay una particularidad adicional: en la medida en que el control paramilitar se extiende, los negocios de barrio cambian de presentación, son más bonitos, mejor presentados, vinculan laboralmente a mucha gente. Otra particularidad, ligada a la anterior, que tampoco ha merecido preocupación alguna de las autoridades centrales: el combo empieza a ejercer justicia. Y es una justicia eficaz, que resuelve en cuestión de horas, a veces de minutos, el conflicto. Si la esposa es maltratada por el marido, y esta se queja ante el jefe paramilitar, este simplemente visita al hombre y le dice: o deja de pegarle a su mujer, o compra su ataúd. Así de sencillo.

Y el mismo planteamiento opera frente a deudas, diferendos por linderos, agresiones a vecinos, ruido en el vecindario, abandono de basuras. En esta medida, los vecinos ya no acuden a la comisaría, no van al juzgado, sino ante el jefe paramilitar. Y la justicia opera, es expedita, resulta efectiva.

Se ven casos en que frente a una deuda que aparece como impagable, el afectado acude al combo. De allí mandan a un emisario y si no deciden amenazar con la eliminación física al deudor, hacen el lanzamiento, sanean la deuda y cobran una comisión. Entonces resulta que en cuestión de días la reclamación consigue su resultado, lo que en manos de un juzgado puede demorar meses o años. Por consiguiente, la gente comienza a sentirse segura y el paramilitarismo gana confianza y crea, paulatinamente, una base social que le resulta funcional. ¿Para qué? Intentaremos mostrarlo más adelante.

Industria paralela

La gente en los barrios paga por un servicio de vigilancia que brindan los grupos irregulares. Se paga por parquear un carro en la calle. Es un impuesto que se paga todo el año. Hasta los vendedores de chazas contribuyen. No es una vacuna. Es un impuesto, y los grupos paramilitares tienen oficinas y personal destinado a los cobros. Si un producto comercial en una tienda no lo suministra el combo, cobran un impuesto.

Habitantes de los barrios populares aseguran que la estructura paramilitar, en el mencionado proceso de copamiento, parece tener una industria paralela a la Fábrica de Licores de Antioquia. Porque en muchos establecimientos afines como bares, clubes de baile, le dicen al dueño: el ron y el aguardiente se lo suministramos nosotros y también licores importados, y a partir de este momento no le compra más a la Fábrica de Licores de Antioquia.

El centro de la ciudad no escapa a este fenómeno. Lo que pasa es que el modus operandi paramilitar allí es diferente. Al comercio formal le ofrecen una serie de ‘servicios’, como el de vigilancia. Pero al informal le cobran un impuesto y además le garantizan ubicación y organización en calles, parques y aceras.

Nadie en una esquina se para a vender algo sin la autorización de una estructura paramilitar. Esto incluye a chanceros, loteros, vendedores de minutos. La diferencia es que quien aparece organizándolos y cobrando es una estructura denominada Convivir, la misma que en su momento estructuró y desarrolló el entonces gobernador Álvaro Uribe Vélez.

Un pacto

Desde el punto de vista urbanístico, esto implica que las Convivir se apoderaron de todo el espacio público del centro de la ciudad. Organizan a los vendedores y todos pagan. Pero más allá, controlan una buena parte del servicio de transporte público: los denominados centros de acopio de pasajeros por parte de los taxistas, rutas de buses en algunos barrios. Personas consultadas por VOZ aseguran que los paramilitares tienen rutas de transporte paralelas.

En el centro, los paramilitares controlan incluso a las bandas de delincuencia común. Pueden robar, extorsionar, pero pagan un porcentaje. El grupo paramilitar les asigna una zona, y tienen que decir qué van a robar; no pueden robar de todo. Si se trata de celulares, se especializan en eso, otros en atracos. Pero les imponen una condición. Nada de asesinatos.

A los delincuentes comunes, los jefes paramilitares les han dicho que tienen un pacto con las autoridades de Medellín para bajar la tasa de homicidios. Y eso lo ha certificado el DANE, recientemente. “Bajamos los homicidios y nos dejan trabajar”. Ese es un pacto con las autoridades, y se respeta. ¿Pero es el único pacto?

Próxima semana: Medellín un laboratorio de experimentación paramilitar que se replica en otras partes del país. El copamiento es general, y sugiere un proyecto político nacional.

Tomado de www.kavilando.org | Por: Ricardo Arenales. Voz.