Por: Mateo Valencia Atehortúa @mavaat

Don Fabio manejaba un pequeño camión donde transportaba a la gente de su pueblo y los sacaba a través de carreteras polvorientas hacia la civilización. Vivían aislados, y su quehacer consistía en traer el mundo a su comunidad.

Allí, a su pueblo, un día cualquiera llegaron los ejércitos. ¿Quiénes eran? Todos sabían pero nadie se atrevía a responder. Don Fabio transportaba en su camión a unos y otros, a los de diestra y siniestra sin preguntar, sin cobrar, casi sin respirar:

-Yo los recogía -dice Fabio-, no preguntaba para dónde iban. Los llevaba hasta dónde ellos dijeran.

Y para qué preguntar, si el que mucho sabe en este país lo matan más temprano que al resto.

-Un día se me arrimó un cabecilla, y me preguntó que yo por qué transportaba a los paramilitares. Yo le respondí que yo no sabía a quién llevaba, yo sólo llevaba a quién hubiera que llevar.

El terror había llegado al pueblo de Fabio, sin darse cuenta estaba involucrado en aquella guerra que él no había declarado. Esa guerra silenciosa, que con sigilo, en Colombia ha cobrado más de 6 millones de víctimas.

-Me di cuenta que estaba en peligro cuando me llamó un policía del CAI de mi pueblo y me preguntó que yo por qué transportaba a la guerrilla. Yo le respondí lo mismo que al cabecilla, pero él no acató razones y me dijo que tenía que escoger bando. Ahí fue que decidí venirme para Medellín.

Y de las fronteras del infierno cayó a la conflagración. A estas calles empinadas que se devoran las montañas. De una vereda escondida en el Magdalena Medio llegaron a las laderas de Medellín sin más que los chécheres andrajosos que llenaban en un par de cajas de cartón.

Granizal, se llama el barrio donde vive hoy don Fabio, es tan aislado como su antigua vereda: hay que ir en metro hasta la estación Acevedo, hacer conexión con el cable hasta Santo Domingo, y luego caminar 40 minutos por calles de pantano. Granizal queda en el culo de Medellín.

Y desde allí, la ironía toma vida y muestra las postales más grandiosas que he visto de la ciudad. Medellín de lejos es bonito. Un rumor de casitas y callecitas y hombrecitos se levantan a lo lejos, como un pesebre. Como un nacimiento. Y es tan conmovedor que logra que olvidemos el pantanal en el que estamos sumergidos. Es tan conmovedor y yo tan afortunado de poder admirar a Medellín, esta tierra que aun en la más absoluta miseria le puede arrancar una sonrisa a la existencia. La vida es mágica, trepidante, y mucho más aquí. Ay, Medallo, como dueles. Como hieres y sanas con el mismo ímpetu visceral.

Y aquí estamos, mirando la ciudad desde lo alto, en Granizal, un barrio que no es el mío pero que me ofrece todo, como si lo fuera. Cuanto menos se tiene más se da. Aquí, en Granizal, probé el café más delicioso que me haya tomado en la vida: hecho con agua lluvia que recogieron en grandes poncheras y que agradecieron como si de maná se tratase.

-Aquí se vive bueno, pelao’ -continúa don Fabio-. Tenemos nuestras carencias pero por lo menos estamos tranquilos.

Nuestras carencias, dice don Fabio tan modesto, sin alardear. Esas carencias que son todas: no hay carretera, ni agua potable, ni energía eléctrica. En cambio, sobra la solidaridad, el amor, el compartir lo poco o nada que se tiene. Y además, hay buenas noticias de vez en cuando: don Fabio resultó elegido por una organización sin ánimo de lucro que se dedica a construir casitas en madera, mucho mejor que el arrume de latas y cartones al que llama hogar.

-Yo estoy muy contento. Mire que ahí de a poquito se van dando las cosas, gracias a Dios.

Y me dan ganas de contestarle que Dios no existe, y que si existe es la gran gonorrea, como diría Vallejo, pero no lo hago. Quién soy yo para venir a amargarle el ratito de alegría a este buen viejo.

-Gracias a Dios, don Fabio, y a la virgen y al niño Jesús y a todos los santos -respondo mientras termino el café.

 

Techo, es el nombre de la fundación que ayuda a Fabio y a numerosas familias más. Hasta aquí suben cuadrillas solidarias, jóvenes universitarios la mayoría, que brindan su tiempo libre para ayudar a estas personas que por el azote de la guerra tuvieron que salir de sus casas para caer en la miseria de estas montañas mal afortunadas. Se reparten en grupos y van entrevistando las familias del barrio para conocer sus carencias y censar el infortunio.

Si hay héroes en este país, no los busquen en las fuerzas castrenses, ya bastante equivocados están con un arma en la mano, búsquenlos en estos jóvenes que ayudan sin pedir nada a cambio, búsquenlos en personas como don Fabio, que se resiste a entregarse al olvido después de haber vivido sus últimos años en la pobreza absoluta, y se mantiene en pie con una sonrisa, con un café en la mano y con esperanza de seguir vivo así sea para sufrir.

Me siento insignificante al lado de este hombre. Me siento afortunado por tenerlo todo. Tengo envidia de don Fabio pues su paisaje es inspirador, mientras yo solo miro las ventanas del editor del wordpress.