Entre lágrimas el abuelo abraza a su nieto, quien con el puño apretado le da un golpe al aire mientras grita: ¡Vamos! El abrazo se prolonga en el tiempo, queda para la eternidad. En La Rosaleda, el Málaga acaba de salvarse del descenso en un infartante empate contra el Real Madrid. Y, aunque esta alegría del momento, el tiempo se encargará de borrarla; el bicho de la pasión, ése que solo se transmite llevando las sensaciones al extremo, acaba de nacer en un nuevo fanático del club.

- Publicidad -

El fútbol es bendito. Sería la única religión que estaría dispuesto a militar. No me importa padecer, no me importa que me cambie el carácter y que me suden las manos. Déjeme sufrir en silencio, si no le importa.

Deje que llenemos de colores las gradas, déjeme poner la camiseta, déjeme reventar la garganta en el único canto para el que no necesito saber de canto; porque aunque lo provocan humanos, nos trasciende, nos desborda, involuntario brota de lo más profundo del alma y con las manos al cielo, o en el regazo de un amigo, se oye al unísono: ¡Gol!

Y permítame también decirle, que si usted piensa que el fútbol es solo un deporte, está muy equivocado. Algo que provoca tanta amargura como felicidad en partes iguales, algo que nos hace besar a extraños, algo que conmueve, algo que mueve masas, algo que repara guerras, algo que provoca guerras, algo que sana heridas, algo que inspira a poetas y escritores, algo que nos hace el día cuando venimos hartos de la vida; algo que nos permite compartir sin importar razas, estratos, o credos; no puede ser solo un deporte.

No sé qué es. No tengo la respuesta. Pero créame que se siente muy bien. Se siente bien ver danzar con un esférico en los pies a un buen bailarín, se siente bien ver la sonrisa en la gente, se siente bien putear al arbitro cuando nos cobra un orsay que no fue; se siente bien vernos unidos por una causa, así la causa dure 90 minutos. Se siente bien cantar y aplaudir, se siente bien ver llorar de alegría; sentir que algo es nuestro, así nosotros no lo hayamos ganado.

¿No sé si ahora me entiende? Déjeme le doy el último ejemplo: El fútbol es bendito, porque le permite a un padre a través de la radio, pedirle a su hijo secuestrado en las selvas de este insulso país, que cuando escuche un partido de Independiente Santa Fe, sienta, recuerde cuando compartían hace más de 21 años en El Campín (antes de su secuestro) momentos de alegría, cuando tenían la posibilidad de abrazarse, a veces, sin motivo, pero con tanta sinceridad, tan genuinamente, que los problemas desaparecían. El abrazo más banal, se convierte en el gesto más importante de una vida. El fútbol nos une aun en la tragedia, y en este país trágico, no nos podemos dar el lujo de tener el fútbol solo como un deporte.

Ni el fútbol es un deporte ni el fanatismo una enfermedad. Para los Colombianos, ambos casos, son una bendición.