Por Mario Fernando Prado.


Es harto lo que los vallecaucanos tenemos que agradecerles a los paisas. Pese a las reticencias contra ellos -menos mal cada vez menores- la presencia de esta raza es mucho lo que le ha aportado a nuestro temperamento a veces perezosón y otras tantas contemplativo. Prueba de ello es el enorme auge económico de la mitad del Valle para arriba.

Frases desafortunadas como “antioqueño ni grande ni pequeño”, y otra peor, “la vida es la guerra del hombre contra el paisa”, amén del descalificativo de “paisarretes” no encajan ya en esta región en que vivimos rodeados y hasta emparentados con paisas.

Provengan de Caldas, Antioquia o el Eje Cafetero, todos conforman una gesta trabajadora que madruga, se inventa negocios, es solidaria, respeta los valores familiares y honra su palabra.

Ahora, que algunos sean mentirocillos, exagerados y rosqueros, es otra cosa. Pero en términos generales, bendito Dios que sean nuestros amigos, aliados y socios, aclarando que no están exentos de todo lo malo de los colombianos más malos y de ciertas arrogancias que les han llevado a ‘himnificar’ la letra del compositor Héctor Ochoa ‘Antioqueño es mí Dios’.

Hoy vuelvo en torno a este particular porque me he enterado que gracias a la participación de las empresas privadas paisas pudimos celebrar al menos decorosamente la pasada Feria de Cali.

Dicho en otras palabras, si no es porque los paisas le meten la mano afinanciar el máximo evento popular de nuestra ciudad, nos hubiéramos visto a gatas para sacarlo adelante. Es cierto que la Alcaldía, Emcali y la Licorera del Vall, entre otras entidades públicas pusieron el case indispensable. Pero las empresas privadas de la región -contadas excepciones- no se retrataron como debió ser.

Por el contrario, las empresas paisas creyeron en la Feria, patrocinaron varios eventos y además de hacer un buen negocio en términos de mercadeo le dieron la mano que los de aquí le negaron.

Se vio entonces que el tal Pacto Vallecaucano no fue más que un canto a la bandera, que aquí no creemos en nosotros mismos y que la responsabilidad social empresarial de esta prospera región deja todavía mucho que desear.

Y es que el apoyo de los paisas a eventos masivos y culturales no es nuevo: el Festival de Arte de Cali lo patrocina en un gran porcentaje Bancolombia, paisa. La Filarmónica de Cali cuenta con el apoyo de Epsa, paisa. Delirio también está apoyado por empresas paisas…

Hace años el bien recordado Hernán Nicholls acuñó para Credencial-Banco de Occidente la frase ‘creer en lo nuestro’ que más que slogan pretendía ser una consigna. Esta campaña, para el Valle, se quedó en buenas intenciones y aquí ha prevalecido más el Cali-banismo y el desprecio por lo nuestro, el denigrar de lo propio y acabarnos unos a otros, perdiendo el sentido de pertenencia, el orgullo regional y el trabajo en equipo, mientras que los paisas, ahora manejando nuestra Cámara de Comercio y el Centro de Eventos Valle del Pacifico -para no citar sino dos ejemplos- nos siguen demostrando que cuando nosotros no somos capaces de hacer las cosas tenemos que recurrir a quienes nos dan lecciones de unión, trabajo en equipo, apoyo a las iniciativas regionales y esa práctica tan admirable como ejemplar de que la ropa sucia se lava en casa.

¿No ven lo que sucedió con la Plaza de Toros en que las luchas intestinas provocaron una deserción de los aficionados y un desánimo y hasta un rechazo de las nuevas generaciones que no entienden aun el porqué de esa cruenta y vergonzosa batalla de los mismos con las mismas?

Por todo lo anterior y por mucho más cosas: ¡Gracias paisas!

El País

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