A-1-5688597.jpgGonzalo Mejía Trujillo, nació en Medellín en 1884. Soñador juvenil, se enamoró de la aviación y el cine en un viaje a Europa cuando apenas rondaba los 20 años. Volvió a su natal ciudad con la idea clara de fundar la primera empresa de aviación del país, vio en las máquinas aerodeslizadoras la posibilidad de convertir el río Magdalena en la principal vía de transporte de Colombia. Su sueño se cumpliría años más tarde cuando dio vida a la Compañía Fluvial de Hidroaviones Mejía, en 1915.

Su otra pasión, el cine, también la pudo realizar de forma cabal, no sólo por que fue el fundador del antiguo teatro Junín, sino porque también se dio el gusto de protagonizar, junto a sus amigos y familiares, la primera película colombiana titulada Bajo el cielo antioqueño. Con el pretexto del cine, fundó varias compañías entre las que se destacan: La compañía Cinematográfica Antioqueña (1914), Compañía filmadora de Medellín (1924), Cine Colombia en el edificio Gonzalo Mejía, sede del teatro Junín (1927), y el teatro María Victoria, nombre en homenaje a su hija (1932).

Fue merecedor de varios reconocimientos nacionales que lo enaltecieron como figura pública. Recibió, entre otros reconocimientos, la Medalla por civismo de la sociedad de mejoras públicas, y la Cruz de Boyacá de la República de Colombia; además perteneció a la junta directiva de Coltabaco por más de 20 años.

Otras empresas que vieron la luz gracias a Mejía Trujillo son: Everfit, ANDI y la Unión Colombiana de Petróleos.

Tras el llamado jueves negro, la crisis del 29 de los estados Unidos, Gonzalo Mejía recibe un golpe financiero que casi lo deja en la quiebra, sin embargo logró recuperarse y ese mismo año fundó la primera empresa de taxis de la ciudad llamada Tax Imperial, que sería su fuente de ingresos básicos por el resto de su vida.

Quienes lo conocieron lo describen como un hombre grande, no solo de cuerpo sino también de espíritu. De rasgos fuertes, rubio y de ojos azules, su presencia se hacía notar allí donde fuera, no solo en Colombia sino también en cualquier parte del mundo. Su porte y elegancia lo hizo merecedor del apodo de Patriarca, seudónimo que trascendería en el tiempo.