Desde hace muchos años, la forma preferida de las personas para celebrar Diciembre es tirando pólvora en diversas presentaciones, algunas suelen ser visualmente hermosas y otras son acústicamente extremadamente molestas, pero en cualquiera de sus presentaciones, traen efectos negativos, tanto para los humanos, los animales y el medio ambiente. Por eso en Medellín esta totalmente prohibida y se han creado tantas campañas en contra de la quema de tal.

El día que más se quema pólvora en Medellín es para recibir la Alborada Decembrina, para algunas personas es un espectáculo extraordinario, pero para muchas otras y más para los animales, es un verdadero tormento.

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A continuación les dejamos un artículo extraído del portal www.elnuevodiario.com.ni en donde hablan de los efectos negativos que tiene la pólvora.

Es doloroso ver cómo sufre un niño quemado. Y más doloroso para él. Pero los efectos de la pólvora son eso y más: es una sustancia explosiva, combustible y contaminante, nociva para el medioambiente y para la salud. Su poder explosivo genera ruidos. Todo lo cual podríamos apreciar mejor si conociéramos la cantidad de personas afectadas por la contaminación acústica, tanto efectos auditivos como extra auditivos. O con padecimientos respiratorios y alergias.

Su nombre viene de polvo, por el aspecto de las pequeñas partículas a que se reducen los materiales para su fabricación. Entre los elementos usados están el nitrato de amonio, nitrato de potasio (salitre), clorato de potasio, carbón, diesel, gasolina, azufre, azúcar. Algunos no son dañinos por sí solos, pero está contraindicada la mezcla entre ellos; sin embargo, en la fabricación de la pólvora se hace lo contrario para que surta efecto. Así, al entrar en combustión o mezclarse, generan sustancias nocivas. Hay que aclarar que estos componentes también se usan para fines importantes, el problema está en cómo se combinen y en el uso al que se destinen.

El nitrato de amonio genera óxido nitroso, que contamina la atmósfera. El clorato de potasio irrita la piel y las vías respiratorias, se descompone en cloro y en óxidos de cloro; corrosivos y muy contaminantes. El azufre, al combinarse con el oxígeno del aire y con la humedad, forma óxido de azufre, gas corrosivo y venenoso, de olor muy irritante. Causa náuseas, irritación en la piel, en los ojos y en las vías respiratorias. El diesel y la gasolina son altamente combustibles. Producen dolor de cabeza, náuseas, mareos, sueño, irritación en la piel y en los ojos, y pueden causar fuego o explotar. De ahí que se requiera un especial cuidado con la pólvora, porque el solo roce puede ser muy peligroso.

Después de las explosiones el aire queda con un olor penetrante y humo cargado de cenizas y partículas, que mediante la respiración se alojan en los pulmones. Afecta principalmente a personas con problemas respiratorios, como bronquitis, asma, rinitis. Puede producir alergias, cansancio, tos. Me explicaba un médico, que cuando el humo (de cualquier actividad) se adhiere a los pulmones queda como el techo de las casas donde se cocina con leña. No sucede con una vez, pero todo un mes respirando pólvora puede tener efectos nocivos.

El dióxido de azufre y los óxidos de nitrógeno generados por la pólvora también tienen su efecto en el medioambiente. Provocan la lluvia ácida, que afecta las fuentes de aguas, la flora y fauna acuáticas; los árboles, la agricultura; corroe metales, daña edificios y monumentos. Otro de los derivados de la pólvora es el dióxido de carbono, uno de los gases de efecto invernadero responsables del calentamiento global (reducen la emisión del calor de la Tierra hacia el espacio, lo que provoca mayor calentamiento del planeta). Puede producir náuseas, vómitos, asfixia.

Hay que agregar los residuos de papel contaminados de tóxicos que alfombran las calles después de las festividades. También están los incendios, las varillas de los cohetes que llegan hasta los techos o patios y pueden impactar en las personas que están tranquilas en sus hogares.

Con respecto al ruido, quienes manipulan la pólvora o están cerca, deberían protegerse los oídos, para al menos reducir el impacto. Lo mejor es que se retiren; aunque el ruido llega hasta los que están en sus casas. Y recordemos que no sólo afecta los oídos. También hay que aislar a los animales, porque su oído es muy sensible. ¿Ha visto cómo ladran y se corren? ¿Y ha notado que los pájaros se han ido?

Por tantos riesgos es que se regula la producción, almacenamiento, distribución, transporte y uso de la pólvora. Cierto es que todos tenemos derecho constitucional al trabajo y a elegir profesión u oficio, pero dado que es una actividad tan peligrosa, debería reducirse paulatinamente. Un quemado que haya es demasiado. Si no lo hay, también es demasiado; pues los efectos son muchos. En el caso de menores que la manipulen, se debería establecer sanciones para quienes resulten responsables por acción u omisión.

La pólvora fue inventada por los chinos. Los griegos y los árabes la introdujeron en Europa. Los españoles nos trajeron ese regalo, y con ella hicieron explotar el vientre de América para sacarle oro y plata, gracias a la explotación de los nativos. Es una cultura impuesta y dañina, difícil de borrar, pero se puede atenuar. Sin embargo, su uso no sólo es porque sea parte de la cultura, sino por falta de conciencia sobre los efectos que produce. Su práctica evidencia posiciones contradictorias ante la problemática ambiental, de salud y de pobreza. Ojalá que se pueda levantar el velo de humo que nos envuelve la razón y se reflexione sobre el daño que produce.

Voladores¿Sería muy triste una Navidad sin pólvora? Cierto, hay juegos pirotécnicos muy bonitos, con el uso artístico de la pólvora son todo un espectáculo. Alegran y pueden sacar el estrés por un momento. Pero los bombazos a toda hora, sin más nada que humo y ruido, ¿serán agradables? ¿y explotando durante las madrugadas unidos a los rezos con amplificadores a todo volumen? Se podría dejar lo menos dañino, y en manos de expertos, e incentivar otras formas de celebración. Es posible una cultura más moderada y sana. ¿Y por qué no una Iglesia ecológica?